Siete años de Para leer en libertad. El
arranque
Paco Ignacio
Taibo II
me siento a intentar armar un resumen de lo que han significado siete
años de la Brigada para Leer en Libertad, tengo la insana sensación de que algo
hay de mágico en esta experiencia. Sin embargo, el riesgo del auto homenaje es
peligroso, pongan en duda mi vehemencia y confirmen lo dicho.
En México no se lee,
dicen y redicen y reportan cifras obtenidas de las sistemáticas quejas de la
industria editorial y el estado de los bajos índices que anuncia el Estado.
Pero esas afirmaciones atentan contra lo que he visto: centenares de miles de
personas alzando jolgoriosas los libros que les habíamos regalado, inmensas
colas para obtener la firma del autor, tianguis de libros repletos de personas
en colonias donde no hay librerías ni buenas bibliotecas. Me gusta contar la
historia de una mujer en Iztapalapa que me mordió la mano cuando traté de
quitarle un libro de los dos que se llevaba. Yo había anunciado: Uno por
familia, para que alcance para todos y ella llevaba dos. Tras la mordida
dijo algo de una hermana suya que estaba en silla de ruedas y de poco le valió
que yo le dijera que primero le leyera uno y luego se lo llevara a su casa.
En octubre de 2009
corrieron a Paloma Sáiz de la dirección de la Feria del Libro de la Ciudad de
México, después desbarataron los proyectos de lectura más exitosos que había
habido en el Distrito Federal, en primer lugar Para leer de boleto en el
metro. La Secretaría de Cultura dejó en la calle a un grupo de promotores
excelente (el difunto Juan Hernández Luna, Betty C., Daniela Campero, Eduardo
Castillo, Alicia Rodríguez ). Semanas después le sumamos a este grupo un par de
voluntarios, entre los que me incluía, y decidimos fundar una docena de
nosotros Para Leer en Libertad. Haríamos desde la sociedad lo que los
aparatos del Estado fracasaban en hacer día a día.
No teníamos ni un
centavo, pero sí una larga experiencia. Con una lógica de ensayo y error y
vuelta a empezar tratamos de encontrar los mecanismos que bloqueaban a los
mexicanos en el inmenso Valle de México del placer de la lectura y de las
posibilidades del debate social. Detectábamos cuatro tipos de problemas: el
alto precio de los libros, el fracaso de la educación media y superior en
volver lectores a los adolescentes; castigados por innumerables horas de
lectura obligatoria, millares de adolescentes asociaban la lectura a
obligación, castigo, examen, lectura fragmentaria en fotocopias y concluían: ¿Leer?
Qué hueva, quedando vacunados contra la lectura por placer. La falta de una red
de recomendaciones, que hacía que vieran la librería como un bosque en el que
no se distinguían los árboles, a la que por falta de hábitos cultural daba
miedo entrar (¿qué me van a preguntar? ¿Cuánto cuesta? ¿Qué es eso?), y la
falta de bibliotecas públicas, que se habían convertido en lugares cuasi
cerrados donde adolescentes más o menos desesperados acudían para hacer las
tareas.
Había que bajar los
precios, informar con cientos de conferencias, poner los libros en la calle.
Existía en esos momentos una enorme carga política. Se discutía pomposamente el
bicentenario y los efectos de la ofensiva neoliberal caían a mazazos sobre la
población.
Tras siete meses de
labores la Brigada había logrado en colaboraciones con instituciones del
gobierno de la Ciudad de México, el PRD local (que conservaba una visión de
izquierda antes de corromperse en el Pacto por México), organizaciones sociales
y sindicatos, habíamos organizado más de 200 acciones de promoción de la
lectura que incluían un gran remate de libros, conferencias en comedores
populares, un curso llamado Historia de México para ciudadanos en
rebeldía, 25 tianguis a lo largo y ancho de la Ciudad de México y editado
11 libros que se regalaron. En 2010 nos lanzamos a un enfrentamiento con la
estructura de la feria del Zócalo que pensábamos estaba en plena decadencia y
programamos la feria alternativa del libro de la Ciudad de México en la Alameda
central. La feria se realizó con la presencia de 200 sellos editoriales,
librerías y distribuidoras. Lo sorprendente es que la feria alternativa reunió
más público que la oficial, con precios de los libros a un tercio en promedio y
con un presupuesto diez veces menor.
Un editor argentino
me contestaba a las objeciones sobre el creciente precio de los libros, que no
exagerara, que un libro cuesta lo mismo que una comida. Y yo le decía que quién
sabe dónde había él estado comiendo, pero que había vivido la experiencia de
ver a cientos de adolescentes rascándose el bolsillo en un CCH para juntar no
ya los 300 pesos, sino los 50 (que es el precio promedio en nuestros tianguis)
que había de restar al transporte y la torta, su dieta económica diaria, y le
recordaba de uno de nuestros mejores lectores, que bajaba de Iztacalco al
Zócalo a pie para sumar la lana de ida y vuelta del boleto del Metro y llevarse
una novela de regalo y un libro de 20 pesos.
Convocamos a los
distribuidores que tenían saldos, a librerías de usado, a editores independientes
y a grandes editoriales que asistieran a los tianguis, que redujeran las
ofertas de libro chatarra y autosuperación y que sacaran libros de las bodegas.
Para los editores el
costo de los stands en las ferias es exorbitante; esto crea una presión que
lleva a la venta de libros de línea con precio alto por unidad. El problema
crece por los berenjenales legales que hacen que el libro embodegado sea un
activo fiscal que sólo desaparece si se destruye ante notario. ¿Se estaban? ¿Se
están destruyendo libros en México? Sí. Y no podíamos impedirlo si no
lográbamos ofrecerles a las editoriales una salida. Surgieron así los remates
de libros, donde con un costo casi nulo para las editoriales, ofrecidos en
pilas sobre tarimas, podían sacarlos las bodegas. Con el lema: Salva un
libro, no permitas que lo destruyan, en 2010, 102 editoriales vendieron en un
remate 850 mil libros.
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